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¿No hay que mezclar política y deporte?

“No hay que mezclar política con deporte”. Es una frase habitual y recurrente. En mi opinión, desacertada. ¿Por qué? Porque todo es política. Y más en un deporte plenamente mercantilizado y mediatizado como ocurre en estos tiempos. El problema viene cuando esa frase se pronuncia únicamente en contextos que le interesan a la persona que lo pronuncia. Normalmente suelen ser periodistas, deportistas o políticos. Ejemplos, hay miles. Pero, qué extrañamente, casualidad o no, suelen ir siempre en la misma dirección.

Hace 5 años, cuando todavía no había estallado definitivamente el ansia de un referéndum en Cataluña, la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, dijo la famosa frase antes de una final de Copa del Rey entre Barcelona y Athletic más recordada por la pitada al himno que por otra cosa. Más recientes son las críticas al Barcelona por su marcado carácter oficial independentista. En este caso fue, entre otros, Fernando Martínez Maíllo, coordinador general del PP. Allí estaba: “No se puede mezclar política con deporte”.

Hacer frases grandilocuentes y vacías tiene el problema en que se te pueden volver en contra. Igual me equivoco, pero no he escuchado a esos mismos políticos reprocharle a Rafael Nadal que diera su opinión sobre el referéndum catalán. El tenista está en contra. ¿Aquí no sale nadie a decir que no hay que mezclar política con deporte? Tampoco he escuchado críticas de los defensores de la “pureza deportiva” al jugador del Almería Morcillo, que dedicó su gol a la labor de la Policía y la Guardia Civil el pasado fin de semana. Tampoco he oído a Martínez Maíllo criticar al jugador Roberto Soldado, entre otros ejemplos.

El periodista Quique Peinado, autor entre otras cuestiones del libro (altamente recomendable) “Futbolistas de Izquierdas”, lleva defendiendo años algo que resumió bien en un par de tuits: “Los deportistas tienen derecho a hacer política, las aficiones, los clubes… Todos, de todos los colores y todas las ideologías. ¿Que os molesta cuando son contrarios a vuestra ideología? Pues claro. Pero se acabó la cantinela esa. Ya no cuela”. Un humilde servidor está plenamente de acuerdo. Se habla de política en los bares, en las familias, en los taxis, en la calle. ¿No puede hacerlo un deportista o un club deportivo? Gustará o no, como dice Peinado, pero no encuentro ninguna razón lógica para criticar o impedir que se haga. Quien lo hace conoce sus riesgos, que se lo digan a Gerard Piqué, pitado y criticado hasta la saciedad por, entre otras cosas, defender sus ideas independentistas.

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¿En qué consiste tu trabajo?

Durante los últimos meses, la pregunta que da título a este texto ha sido la tónica habitual entre mis círculos más cercanos.

En mi todavía corta carrera profesional he escrito sobre política municipal en Albacete, he cubierto festivales de música, narrado partidos de fútbol o dirigido un programa en una radio comunitaria. He sido el responsable web de un periódico, me especialicé en información internacional y países del sur y volví a ejercer de redactor todoterreno en Local en un periódico que también cerró. Volé a Costa Rica donde cubrí, desde allí, el 15-M, información internacional y sucesos. Puse en marcha un proyecto digital de información internacional mientras a la vez dinamizaba una radio comunitaria e impartía talleres de formación. Aparte he participado en varios informes sobre la situación del Periodismo y finalmente he escrito casi 3 años sobre política y movimientos sociales en un periódico digital.

Pues bien, salvo mis breves funciones en el departamento de comunicación de FiSahara y Festiclown, todo lo anterior nada tiene que ver con mi trabajo actual. Antes era fácil de explicar que eras periodista, sobre lo que escribías y dónde. Pero las funciones internas de prensa en un partido político son menos conocidas. Creo que es un pensamiento compartido por todas las compañeras, como bien reflejó Laura Casielles hace un tiempo en su espléndido blog. Ella desgranó a la perfección en esa entrada no sólo las labores principales de una responsable de prensa sino también las sentimentales. Por ello recomiendo leerlo.

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La política del miedo

El miedo. Infundir miedo, temor, incluso pánico a un cambio. No os salgáis del camino, si eso un poco, pero no mucho. Todos ordenados y en fila. Las reglas del juego no se tocan. Pervertirán nuestra democracia. Ciudadanos, pensadlo bien, estáis en peligro.

Todas estas ideas son parte de un mismo concepto: democracia sí, pero la que nosotros queremos. Ese nosotros se refiere a aquellos poderes fácticos que dominan las estructuras políticas, económicas y sociales en este mundo eminentemente capitalista y liberal. Esos poderes conformados por grandes empresarios, bancos, políticos de alto nivel y cristalizados en una serie de medios de comunicación afines por uno y otro lado a las reglas establecidas. Cuando la ciudadanía toma la iniciativa para dejarse ver, protestando, o saliendo a la calle, esos poderes hablan: son cosas de los violentos (violentos itinerantes, nuevo término estúpido acuñado por el Ministerio del Interior), la extrema izquierda está agitando las calles o el ya famoso “las urnas mandan”, al que añado yo el recurrido “si no te gusta, véte a Cuba,”, uno de los argumentos estrella de la derecha de este país.

Estos poderes sienten verdadero miedo cuando le ven las orejas al lobo y existen posibilidades reales de darle un vuelco político y económico a la situación. Cuando se crean alternativas que al menos proponen cambios de raíz en aspectos económicos (nacionalizaciones de sectores estratégicos o rechazo a planes de austeridad, por ejemplo), el miedo se huele. Y ese miedo lo lanzan como bombas pestilentes caiga quien caiga. No les importa mentir, manipular o simplificar al “adversario” hasta hacer creer que lo ellos dicen es lo que va a suceder.

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