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Algún día no tendrán que venir

Algún día no tendrán que venir. Algún día los políticos no tendrán que hacerse la foto solidario-veraniega de cada año mientras que sus jefes, en oscuros despachos, les venden día tras día. No tendremos que llevarlos al médico ni al dentista. No tendremos que hacerles disfrutar con cosas que igual sólo hacen una vez al año. No tendremos que llevarlos a la playa ni a la piscina. Algún día buscaremos en una web de forma fácil y sencilla un billete para ir a verlos. Seguramente hasta podremos charlar con ellos por Skype de forma fluida. No recogeremos paquetes de alimentos para enviárselos. Tampoco tendremos que explicar en largas conversaciones lo que supone su conflicto, para muchas personas aún desconocido, aún alejado. Algún día, ese día, no se nos retorcerá el estómago cada final de verano. No sentiremos rabia cada vez que los torturan o los apalean al otro lado del muro. Porque no habrá muro como tampoco habrá “hammada”. No tendremos que ver la hipocresía constante de los políticos de turno que se llenan la boca con buenas palabras mientras son ellos mismos los que los venden día tras día. No nos preocuparemos (demasiado) por su alimentación o por su subsistencia con escasa vegetación y agua. Tampoco nos empeñaremos en hacer oír su voz en decenas de campañas, manifestaciones, festivales de cine o conciertos. No se nos retorcerá el estómago, una vez más, pensando en su futuro. Porque lo tendrán.

Porque algún día tendrán lo que se merecen, lo que es suyo, lo que es justo en un mundo inmensamente injusto. Tendrán su playa, su tierra y su libertad. Su dignidad, algo en los que nos dan mil vueltas, la seguirán teniendo. Algún día no sólo podrán estudiar cerca de su casa para ser pilotos de vuelo, ingenieros, médicos, profesores, etc sino que además ejercerán esa profesión. Quizás incluso alguno podrá ser hasta futbolista. Muchos serán pescadores, eso seguro, antes de que los países ultrademocráticos occidentales les terminen de esquilmar sus recursos naturales. Algún día tendrán un pasaporte y ellos podrán venir cuando quieran y no sólo cuando nosotros seamos los que quieran. Vendrán de vacaciones pero no sólo en verano. Y no hará falta ponerle la coletilla de “en paz”, porque ellos ya tendrán la suya.

Algún día, ese día, nos pegaremos una buena fiesta en la playa de El Aaiún. O en la de Dajla. O en cualquiera. Y habrá té, darrás, melfas, música. Y más té. Y más música. Quizás comeremos camello. O no, lo mismo da. Retronarán los gritos de alegría en cada rincón del mundo que haya compartido un rato con ellos. Aquí, seremos muchos.Todo será como en las fiestas que nos regalan al recibirnos en los campamentos pero con algo mucho más importante, ya saben, la libertad de todo un pueblo.

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